La sociedad argentina está demostrando un grado de intolerancia verbal que sorprende hasta al mejor estudioso de la Lengua. Como consecuencia de esta actitud la agresividad y la incapacidad para mantener un diálogo coherente se manifiesta hasta en las conversaciones aparentemente más superfluas.
Los medios de comunicación televisivos emiten programas en donde sus participantes asumen posturas a la defensivas cuando alguien les sugiere una serie de recomendaciones para mejorar las “performance” artísticas pero además, los periodistas, realizan entrevistas procurando lograr de sus entrevistados la confirmación de sus propias hipótesis.
Por otro lado está la descalificación permanente a quienes tienen visiones diferentes sobre la realidad actitud que sugiere un grado de autoritarismo verbal nunca visto en la sociedad nacional.
Resulta emblemático en este sentido, el mal momento que tuvo que vivir la Dra.cubana Hilda Molina en el Congreso de la Nación cuando, invitada por un grupo de parlamentarios, asistió al recinto con la intención de exponer sobre la situación de su país lo cual derivó en una acalorada discusión con grupos que se oponían a su experiencia y vivencia de la realidad cubana.
La Dra. Molina consideró que "la población cubana está enferma y psicológicamente desgastada" porque "no se pueden vivir 50 años sin libertad" y agregó que en la isla hay una "excelente salud para extranjeros y funcionarios" ya que "si uno paga, recibe mejores servicios". Sin embargo, un joven, con la inmadurez propia de su edad, increpó a la Dra. Molina y le replicó diciendo que “el mes que él estuvo en Cuba”, le permitían asegurar que lo que la Dra. decía no tenía fundamentos. A tal enfrentamiento se sumó la sra. Estela de Carlotto, activa militante de las Madres de Plaza de Mayo, quien le recomendó “llamarse a silencio y disfrutar de su familia”
Opiniones de Periodistas cree que sólo un diálogo respetuoso a los puntos de vista de los demás permitirá desentrañar dudas y lograr lo mejor de cada uno en la búsqueda de la excelencia humana.
Estamos convencidos que la intolerancia y la agresividad verbales sólo remiten a los comportamientos más prehistóricos del Hombre donde las desavenencias se arreglaba por la fuerza. Creemos que para crecer como sociedad es fundamental respetar la opinión del otro en especial cuando hay datos objetivos, como en el caso cubano, que informan sobre la realidad de la Isla. No en vano hay más del 10 % de la población en el exilio.
Desde esta columna apostamos fervientemente a realizar un análisis crítico sobre cómo nos estamos manejando en el campo de la comunicación y sostenemos que la objetividad de los análisis debe pasar, necesariamente, por los datos de la realidad.
La intolerancia y la agresividad verbal son actitudes propias de seres irracionales que pretenden desarticular a sus interlocutores con actitudes autoritarias y de desprecio a la opinión de los otros. Y creemos que esto no conduce a nada positivo.
La dialéctica, o sea, el arte de dialogar, discutir y argumentar requiere de una preparación intelectual que pocos están dispuestos a asumir. Sabemos que demanda esfuerzo y trabajo pero es la única manera que concebimos para el normal desarrollo de la sociedad.-
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miércoles, 9 de septiembre de 2009
lunes, 31 de agosto de 2009
La Felicidad no es una perorata
Días atrás desde la columna de Opiniones de Periodistas tratamos, en varias notas y de manera tangencial, el tema de la felicidad.
Hemos puesto de manifiesto nuestra postura respecto a una de las cuestiones más esenciales del Ser Humano dado que el hecho de sentirnos felices nos permite sortear los escollos propios de la vida de una manera más decidida, con la convicción de que todo, sin excepción, sirve para nuestro crecimiento y maduración de nuestras formas de vida.
Los medios de comunicación acaban de publicar un estudio realizado en el año 2008 en 140 países y que demostró que los argentinos están entre las personas más felices del mundo, “pese a cargar en sus espaldas con una serie de debacles económicas, años de elevado desempleo”, crisis sociales, etc.
El sondeo, creado a instancias del sociólogo Ruut Veenhovenm, profesor emérito de la Universidad Erasmus de Rotterdam, reveló que los habitantes que se sienten más a gusto con su vida están en Islandia, Dinamarca, Colombia y Suiza (con ocho puntos o más sobre 10), mientras que los argentinos alcanzan los 7,5 puntos, ubicándose en el puesto número 13, junto con Irlanda y Holanda. Entre los peores ubicados están Angola, Chad, Irak, Tanzania y Zimbabwe.
Ruut Veenhovenm, plantea la hipótesis de que "la felicidad se define por cuánto te gusta la vida que vivís” visto que mucha gente está satisfecha con su vida como totalidad y las variables que maneja para confeccionar el estudio son “la amistad, el sentido de pertenencia, la relación de pareja, el trabajo, la creatividad individual, el funcionamiento de las instituciones y el ser parte del engranaje cultural.”
Opiniones de Periodistas dejó claro que la felicidad no depende exclusivamente de la economía individual porque creemos fervientemente que la plenitud pasa por una cuestión de valores y no de dinero.
Como señala el estudio, "La economía le pone un piso y un techo a la felicidad sugiriendo que la felicidad no hay que buscarla en los bienes –los cuales, por cierto, tienen fecha de caducidad y sus garantías vencen- sino en algo interior".
Seguimos ceyendo que la posibilidad de encontrarle el sentido a la propia existencia así como las expectativas que uno se plantea sobre la vida y la posibilidad de estar en paz y armonía consigo mismo, son las bases fundamentales para encontrar la tan ansiada felicidad aunque para muchos resulte ser “pura perorata”; entender que las adversidades no son más que la cara de una misma moneda, la cual tiene en su anverso el sello de la felicidad.
Hemos puesto de manifiesto nuestra postura respecto a una de las cuestiones más esenciales del Ser Humano dado que el hecho de sentirnos felices nos permite sortear los escollos propios de la vida de una manera más decidida, con la convicción de que todo, sin excepción, sirve para nuestro crecimiento y maduración de nuestras formas de vida.
Los medios de comunicación acaban de publicar un estudio realizado en el año 2008 en 140 países y que demostró que los argentinos están entre las personas más felices del mundo, “pese a cargar en sus espaldas con una serie de debacles económicas, años de elevado desempleo”, crisis sociales, etc.
El sondeo, creado a instancias del sociólogo Ruut Veenhovenm, profesor emérito de la Universidad Erasmus de Rotterdam, reveló que los habitantes que se sienten más a gusto con su vida están en Islandia, Dinamarca, Colombia y Suiza (con ocho puntos o más sobre 10), mientras que los argentinos alcanzan los 7,5 puntos, ubicándose en el puesto número 13, junto con Irlanda y Holanda. Entre los peores ubicados están Angola, Chad, Irak, Tanzania y Zimbabwe.
Ruut Veenhovenm, plantea la hipótesis de que "la felicidad se define por cuánto te gusta la vida que vivís” visto que mucha gente está satisfecha con su vida como totalidad y las variables que maneja para confeccionar el estudio son “la amistad, el sentido de pertenencia, la relación de pareja, el trabajo, la creatividad individual, el funcionamiento de las instituciones y el ser parte del engranaje cultural.”
Opiniones de Periodistas dejó claro que la felicidad no depende exclusivamente de la economía individual porque creemos fervientemente que la plenitud pasa por una cuestión de valores y no de dinero.
Como señala el estudio, "La economía le pone un piso y un techo a la felicidad sugiriendo que la felicidad no hay que buscarla en los bienes –los cuales, por cierto, tienen fecha de caducidad y sus garantías vencen- sino en algo interior".
Seguimos ceyendo que la posibilidad de encontrarle el sentido a la propia existencia así como las expectativas que uno se plantea sobre la vida y la posibilidad de estar en paz y armonía consigo mismo, son las bases fundamentales para encontrar la tan ansiada felicidad aunque para muchos resulte ser “pura perorata”; entender que las adversidades no son más que la cara de una misma moneda, la cual tiene en su anverso el sello de la felicidad.
jueves, 27 de agosto de 2009
Sobre la Cobardía
En Opiniones de Periodistas queremos reflexionar sobre algo en lo que creemos profundamente porque es uno de los rasgos distintivos del Ser Humano que se precie de ser digno –aunque hay otras características- y es aquel que asume y enfrenta la vida en sociedad con sinceridad hacia sus pares cercanos y sin ir dejando cadáveres en su lucha por sobrevivir (¿o sobresalir?).
Si nos ponemos a recrear el escenario en el que cada uno ha ido desenvolviéndose a lo largo de su vida encontrará un sinfín de ejemplos de personas que, priorizando sus propias mezquindades y egoísmos, sus terribles “incapacidades para sentir” (materia de la Psiquiatría), no han vacilado en aniquilar esa parte de confianza que se ha ido depositando en ellos. Ya lo dice el dicho popular: la confianza tarda años en construirse y segundos en destruirla.
Creemos fehacientemente que ser valiente no es más que demostrar decisión ante las encrucijadas de vida y que para ello, para ser valientes, lo primero y fundamental es ser tan sinceros consigo mismo como con los demás aún a pesar del miedo.
En Opiniones de Periodistas creemos en la sinceridad hacia uno y hacia los demás como la única manera de poder convivir armónicamente en un mundo cada vez más egoísta y salvaje y que va sumando dudas en lugar de certezas a quienes aspiramos a entender un poco mejor el comportamiento de los Hombres (no nos referimos al género sino a la especie)
El otro punto es que, en definitiva, el diálogo sincero es el único que nos da las herramientas para saber cuáles son las reglas con la que estamos jugando este juego de la vida con quienes nos rodean.
Por más dolorosa que sea siempre es preferible la más cruda de las verdaderas a denegarle las respuestas a quienes nos las solicitan sobre todo para no sumergir al otro en el círculo vicioso de las preguntas sin respuestas, por un problema elemental de respeto y buena educación.
Estamos convencidos de que todos, sin excepción, tenemos derecho a una respuesta.
En definitiva, sostenemos que la mentira, el engaño, la manipulación, constituyen terribles actos de abdicación por parte de los mentirosos y manipuladores porque, al mentir o querer manipular la voluntad del otro, el que lo hace capitula entregando su realidad a la persona a quien miente o quiere manipular.
Creemos que mucho dolor, frustración e impotencia podrían evitarse si hubiera un poco de sinceridad entre la gente; si se tuviera la humildad suficiente para reconocer equivocaciones o incluso esos temores que lo llevan a uno a dar “patadas de burro” para seguir subsistiendo en un camino al que va regando de injustos cadáveres.
Esta reflexión viene a cuento porque hemos percibido que es un comportamiento adquirido por cada vez mayor cantidad adeptos no sólo en política sino en la vida de relación de la gente. Y que lejos de estigmatizar al manipulador como el prototipo de la “viveza criolla” aparece como un pobre tipo que debe esconderse y mentir para no hacerse cargo de las consecuencias de los actos de su propia vida.
Cuando uno no tiene necesidad de esconderse, es porque está convencido que ha actuado con honestidad; caso contrario, quien se esconde para no dar explicaciones, quien desaparece de un día para otro sin mediar siquiera una explicación que justifique semejante comportamiento, ese comportamiento, insistimos, sugiere una persona que, por decir lo menos, es un cobarde incapaz de asumir las consecuencias de sus propios actos.
Y no hay justificaciones que aplaquen ese diagnóstico excepto que haya muerto.-
Si nos ponemos a recrear el escenario en el que cada uno ha ido desenvolviéndose a lo largo de su vida encontrará un sinfín de ejemplos de personas que, priorizando sus propias mezquindades y egoísmos, sus terribles “incapacidades para sentir” (materia de la Psiquiatría), no han vacilado en aniquilar esa parte de confianza que se ha ido depositando en ellos. Ya lo dice el dicho popular: la confianza tarda años en construirse y segundos en destruirla.
Creemos fehacientemente que ser valiente no es más que demostrar decisión ante las encrucijadas de vida y que para ello, para ser valientes, lo primero y fundamental es ser tan sinceros consigo mismo como con los demás aún a pesar del miedo.
En Opiniones de Periodistas creemos en la sinceridad hacia uno y hacia los demás como la única manera de poder convivir armónicamente en un mundo cada vez más egoísta y salvaje y que va sumando dudas en lugar de certezas a quienes aspiramos a entender un poco mejor el comportamiento de los Hombres (no nos referimos al género sino a la especie)
El otro punto es que, en definitiva, el diálogo sincero es el único que nos da las herramientas para saber cuáles son las reglas con la que estamos jugando este juego de la vida con quienes nos rodean.
Por más dolorosa que sea siempre es preferible la más cruda de las verdaderas a denegarle las respuestas a quienes nos las solicitan sobre todo para no sumergir al otro en el círculo vicioso de las preguntas sin respuestas, por un problema elemental de respeto y buena educación.
Estamos convencidos de que todos, sin excepción, tenemos derecho a una respuesta.
En definitiva, sostenemos que la mentira, el engaño, la manipulación, constituyen terribles actos de abdicación por parte de los mentirosos y manipuladores porque, al mentir o querer manipular la voluntad del otro, el que lo hace capitula entregando su realidad a la persona a quien miente o quiere manipular.
Creemos que mucho dolor, frustración e impotencia podrían evitarse si hubiera un poco de sinceridad entre la gente; si se tuviera la humildad suficiente para reconocer equivocaciones o incluso esos temores que lo llevan a uno a dar “patadas de burro” para seguir subsistiendo en un camino al que va regando de injustos cadáveres.
Esta reflexión viene a cuento porque hemos percibido que es un comportamiento adquirido por cada vez mayor cantidad adeptos no sólo en política sino en la vida de relación de la gente. Y que lejos de estigmatizar al manipulador como el prototipo de la “viveza criolla” aparece como un pobre tipo que debe esconderse y mentir para no hacerse cargo de las consecuencias de los actos de su propia vida.
Cuando uno no tiene necesidad de esconderse, es porque está convencido que ha actuado con honestidad; caso contrario, quien se esconde para no dar explicaciones, quien desaparece de un día para otro sin mediar siquiera una explicación que justifique semejante comportamiento, ese comportamiento, insistimos, sugiere una persona que, por decir lo menos, es un cobarde incapaz de asumir las consecuencias de sus propios actos.
Y no hay justificaciones que aplaquen ese diagnóstico excepto que haya muerto.-
domingo, 16 de agosto de 2009
Una propuesta para convertir el enojo en felicidad
Sobre la clase media “enojada”.
Los medios de comunicación social argentinos ya han comenzado a hablar de las consecuencias que, la crisis económica, está acarreando a la sociedad. Su punto de apoyo para las reflexiones y estadísticas no son las clases con menos recursos sino la devaluada “clase media” y su alicaído status social desde la debacle “de la ruista” (adjetivación de De la Rúa, presidente argentino) de 2001. Por eso aluden a una clase media “enojada”que se niega a perder su lugar en la pirámide socioeconómica y que trata, infructuosamente, de mirar hacia arriba, pero hoy se siente más abajo.
Sin embargo, desde esta columna, queremos insistir en una idea que creemos es fundamental para sortear las crisis por las que debemos atravesar no sólo como sociedad sino como individuos
Tenemos claro que son muchas las personas que creen que adquiriendo objetos costosos llegarán a alcanzar el tan marketinero sueño de la felicidad; de hecho, expertos en la materia asocian en sus campañas publicitarias, la adquisición de un bien de lujo con una vida donde la felicidad siempre va a existir.
Sabemos que es muy difícil renunciar a ciertos lujos a los cuales uno se ha ido acostumbrando a lo largo de su vida; sin embargo también somos conscientes que, si nuestra felicidad dependiera de la adquisición de todos aquellos bienes que la publicidad nos ofrece, entraríamos en un círculo vicioso del cual se haría cada vez más difícil salir y añadiría una cuota de frustración extra ante la imposibilidad de adquirirlo.
Opiniones de Periodistas apunta más a encontrar la felicidad en la propia vida que hacerla depender de la voluntad ajena y el ansia de consumismo que nos imponen los técnicos del marketing.
Los medios de comunicación social argentinos ya han comenzado a hablar de las consecuencias que, la crisis económica, está acarreando a la sociedad. Su punto de apoyo para las reflexiones y estadísticas no son las clases con menos recursos sino la devaluada “clase media” y su alicaído status social desde la debacle “de la ruista” (adjetivación de De la Rúa, presidente argentino) de 2001. Por eso aluden a una clase media “enojada”que se niega a perder su lugar en la pirámide socioeconómica y que trata, infructuosamente, de mirar hacia arriba, pero hoy se siente más abajo.
Sin embargo, desde esta columna, queremos insistir en una idea que creemos es fundamental para sortear las crisis por las que debemos atravesar no sólo como sociedad sino como individuos
Tenemos claro que son muchas las personas que creen que adquiriendo objetos costosos llegarán a alcanzar el tan marketinero sueño de la felicidad; de hecho, expertos en la materia asocian en sus campañas publicitarias, la adquisición de un bien de lujo con una vida donde la felicidad siempre va a existir.
Sabemos que es muy difícil renunciar a ciertos lujos a los cuales uno se ha ido acostumbrando a lo largo de su vida; sin embargo también somos conscientes que, si nuestra felicidad dependiera de la adquisición de todos aquellos bienes que la publicidad nos ofrece, entraríamos en un círculo vicioso del cual se haría cada vez más difícil salir y añadiría una cuota de frustración extra ante la imposibilidad de adquirirlo.
Opiniones de Periodistas apunta más a encontrar la felicidad en la propia vida que hacerla depender de la voluntad ajena y el ansia de consumismo que nos imponen los técnicos del marketing.
Porque, nos preguntamos, qué valor agrega a nuestra vida un teléfono último modelo, por ejemplo, cuando no somos capaces de establecer un diálogo sincero al menos, con quienes están a nuestro alrededor y nos ofrecen su comprensión ante las dificultades de nuestra propia existencia.
Creemos que muchas veces la adquisición de bienes materiales viene a suplir una gran deficiencia en nuestro aspecto humano que, en definitiva, es a la larga, la que nos acarrea la mayor infelicidad.
Opiniones de Periodistas parte del presupuesto que la felicidad es un estado interno del Ser Humano no una condición en virtud de nuestras posesiones. Implica, necesariamente, un proceso de introspección que nos permita enfrentarnos con nosotros mismos para conocernos y saber qué es lo que realmente nos haces felices.
Creemos, como la escritora Ayn Rand, que hay una sensación mayor aún que la felicidad y es la bendición de “ser uno mismo; de estar enamorado del hecho de existir en este mundo…”
Y para finalizar, Opiniones de Periodistas quiere decirles que “la felicidad es el estado de conciencia que proviene del logro de los propios valores “ (Ayn Rand, “La rebelión de Atlas)
Creemos que muchas veces la adquisición de bienes materiales viene a suplir una gran deficiencia en nuestro aspecto humano que, en definitiva, es a la larga, la que nos acarrea la mayor infelicidad.
Opiniones de Periodistas parte del presupuesto que la felicidad es un estado interno del Ser Humano no una condición en virtud de nuestras posesiones. Implica, necesariamente, un proceso de introspección que nos permita enfrentarnos con nosotros mismos para conocernos y saber qué es lo que realmente nos haces felices.
Creemos, como la escritora Ayn Rand, que hay una sensación mayor aún que la felicidad y es la bendición de “ser uno mismo; de estar enamorado del hecho de existir en este mundo…”
Y para finalizar, Opiniones de Periodistas quiere decirles que “la felicidad es el estado de conciencia que proviene del logro de los propios valores “ (Ayn Rand, “La rebelión de Atlas)
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